Trump se equivocó sobre mi padre

Su sueño siempre fue una educación universitaria para su hija

Por Lily Gonzalez

A la edad de cinco años tuve mi propia enciclopedia. No podía pronunciar la palabra ni tenía idea de lo que significaba. Observaba las páginas doradas de los hermosos libros de cuero color vino.

“¿Y para qué es?” Le pregunté a mi papá.
“Para que puedas ir a la universidad”, respondió.

Aún recuerdo el olor y la sensación al tacto de las brillantes páginas. Mi papá pagó la enciclopedia en cuotas. Aún está en su oficina.

Mi padre era un inmigrante de México que había estudiado hasta el sexto grado de primaria y que hablaba un inglés entrecortado. Contrariamente a la opinión del Sr. Trump, él no era un violador ni vivía de la ayuda del gobierno. Trabajaba en una fábrica para poder pagar la escuela privada a la que yo asistía.

Si obtenía malas calificaciones me sentía horrible, porque sabía que mi papá trabajaba arduamente para enviarme a dicha escuela que era, según decía, “la mejor inversión que había hecho”.

“Dentro de diez años, ni el color de tu pelo, ni tus zapatos, ni tu ropa tendrán ninguna importancia. Solo tu educación será importante porque la llevarás a donde quiera que vayas”.

 

Estaba en lo cierto.

Me leía libros o me contaba cuentos todas las noches. Me daba el periódico en español y me hacía leerlo en voz alta para asegurarse de que no solo pudiera hablar español, sino leerlo, escribirlo y entenderlo.

Como padre soltero hizo el mayor esfuerzo por darme la mejor vida posible. En ocasiones, yo incluso notaba que se sentía un poco culpable porque mi mamá no estaba con nosotros; ella se fue cuando yo era pequeña y se llevó a mi único hermano con ella.

Cuando se trataba de la educación o de la escuela, él hacía lo que fuera necesario para lograrlo. La Internet de conexión telefónica pronto reemplazó a mis enciclopedias. Tuve una computadora de escritorio pero no tenía escritorio. Hacía mi tarea sentada en el piso y con la computadora colocada en una mesita baja.

Tomaba un autobús, dos trenes y un transporte escolar para llegar al agradable vecindario en el que se encontraba mi escuela preparatoria privada para niñas. Nunca sentí que pertenecía a ningún lugar. Yo no era popular, no conducía un Mercedes y mi papá no era doctor. Yo era la niña de South Central; se rumoraba que yo vendía drogas desde la ventana de mi habitación. En casa, era la niña rica con Internet telefónica que iba a una escuela privada. Vivía en estos dos mundos muy diferentes y no pertenecía a ninguno.

Alguien rompió la ventana del auto de una compañera de clase y fui cuestionada. “Probablemente ella lo hizo, tú sabes que ella vive en un mal vecindario”. Me sentía discriminada por los maestros; ya era víctima de prejuicios. Abogaba por mis derechos constantemente y me sentía exhausta. Tuve una pelea en l escuela y me expulsaron.

Mi papá se reunió con el director y acordaron dejarme terminar el semestre en la escuela. Imaginen tener que ir a una escuela privada en donde no eres bienvenida. Lo detestaba.

El que me expulsaran significaba que tendría que ir a la escuela pública. Ninguna otra escuela privada me aceptaría con una expulsión en mi expediente estudiantil. Las escuelas públicas se asignan según el área en que uno vive. Mentimos y usamos la dirección de alguien más para evitar que fuera a la preparatoria local. Al principio las cosas no mejoraron.

El primer día de escuela fui a todas mis clases y no podía creer lo que ocurría. Estaba en Lengua y Literatura de 10.º grado y estábamos aprendiendo gramática básica. Fui a la oficina del director y le pedí que cambiara mis clases. Dijo que lo haría si sacaba “A” en todas las materias. Lo hice y me cambiaron a las clases AP y de honor. Teníamos muchos recursos, computadoras en los salones, libros para llevarnos a casa, pocos estudiantes por clase y los maestros eran excelentes. Yo estaba en el gobierno estudiantil y en el Key Club.

 

Después quedé embarazada.

Inmediatamente comencé a escuchar rumores sobre mí. Traté de esconder mi embarazo, pero todos sabían. Los maestros me juzgaban con la mirada y murmuraban. Cuando solicité información sobre la universidad, el orientador respondió: “¿Para qué? No vas a ir, así que para qué la quieres?”

Mi padre no me juzgó ni me dio la espalda; me apoyó más que nunca. A pesar de su decepción, le dio prioridad a mi futuro como siempre lo había hecho. Me gradué de la preparatoria con honores y una barriga gigante. Fui a East Los Angeles College, un instituto universitario comunitario, estuve en la lista del decano y me gradué con honores.

Ese día, recibí una carta de aceptación de California State University, Northridge; eso significaba que había roto el ciclo y que la educación universitaria sería una realidad de ahora en adelante, en vez de ser una interrogante.

Si no hubiera sido por las bases que sentó mi padre con su apoyo y guía, es posible que no hubiera ido a la universidad. Todo lo que me enseñó, todo su sacrificio y trabajo me llevó a lograr lo que tanto queríamos.

Ahora le pregunto a mi hija: “Celeste, ¿a qué universidad vas a ir?”
Ella responde: “a Yale, mamá. quiero ir a Yale.”

Este era el sueño de mi padre, el inmigrante. Para mí y para ella.

 

LilyFatherGreg

 

Lily Gonzalez se graduó en Homeboy Industries y estudia a tiempo completo en California State University, Northridge.