¡Somos más, y no tenemos miedo! ¡Somos más, y no tenemos miedo!

Opinión Por: María Luisa Monserrate

Al coro de esta consigna y bajo el manto de las banderas, algunas rojas, azules y blancas, otras blancas y negras únicamente como símbolo de resistencia, caminamos hacia la entrada de la vieja ciudad un lunes 15 de julio acompañadas de cientos de personas, todas con un mismo objetivo, exigir la renuncia del gobernador. El motivo: una noticia que saliera dos días antes donde se revelaron 889 páginas de un chat que compartiera el Gobernador de Puerto Rico y un grupo de otros funcionarios del gobierno y allegados. Un chat donde los insultos, la burla, la falta de respeto, la corrupción, la insensibilidad quedaron al descubierto. Esto luego de que varios miembros del gabinete del gobernador, entre ellos la Secretaria de Educación fueran arrestados por el FBI y acusados de robo y corrupción.

El miércoles, 17 de julio, otra marcha. Esta vez con decenas de miles de personas, un mismo grupo cuya voz se hacía cada vez más fuerte. Un murmullo de esos que anuncia un terremoto, justo antes de que la tierra se abra y brote tierra nueva. Artistas puertorriqueños que viajaron a San Juan para apoyar una causa auto gestionada por el pueblo. La convocatoria no fue de los artistas, fue del Pueblo y los artistas llegaron a dar apoyo. Dentro de la tristeza, la rabia y la indignación, la alegría que siempre nos ha caracterizado como pueblo. Música, baile, disfraces y pancartas cual Fiestas de la Calle San Sebastián en pleno inicio de año. La alegría de caminar codo a codo con tus amigos, tus vecinos, personas que no conoces, pero que pareciera que conocieras de toda la vida porque comparten una misma historia. Miré a las amigas que me acompañaban y les dije: ¿saben qué? Hay muchas personas aquí que nunca han marchado en su vida, nunca han estado en una protesta. Hay personas que están experimentando esto por primera vez, esto que llamamos sentido patrio, amor por el terruño, sentirnos unidos, sin partidos, sin colores, sin divisiones, es de esas cosas que hacen que el corazón se quiera salir del pecho, es difícil describir la energía colectiva, hay que estar ahí, en medio del calor caribeño, con el sol y la sal en la cara, con la música de fondo y la algarabía en los pies.

Como cada día de protesta, luego de que la mayoría de las personas se retiraban se quedaba un grupo de valientes, en la línea de fuego, frente a las barricadas que colocaron en la entrada de la Fortaleza (la casa del gobernador). Se quedaban allí alzando sus banderas, haciendo sus reclamos, esperando una respuesta, exigiendo un cambio. Cada noche a las 11:00 PM, la policía decidía que era hora de irse para su casa y buscaba una excusa o creaban una razón para lanzar gases lacrimógenos o echar gas pimienta a la multitud y así dispersarla. Los padres y madres de los jóvenes (en su mayoría) que quedaban en el viejo san juan después de tarde resignados a esperar que nuestros hijos e hijas llegaran a casa en una pieza. Indignados ante el abuso de la Policía, pero conscientes de que estar allí era imprescindible. Al día siguiente el mismo discurso de siempre: “los manifestantes, arrojaron cosas a la policía”, “los manifestantes vandalizaron las propiedades”, solo que esta vez no lograron su propósito. SI querían disuadir a la gente para que no marcharan para que no protestaran, no lo lograron.

22 de julio, paro nacional, medio millón de personas ocuparon la principal autopista de la capital. Ya no hay marcha atrás, el mensaje es contundente, el gobernador tiene que renunciar. NO vamos a aceptar otra cosa.

El gobernador decidió ignorar ese murmullo que se iba haciendo más fuerte, decidió ignorar ese terremoto que abriría la tierra para tragárselo. Pidió un perdón vacío de remordimiento e insistió en amarrarse a la silla en la cual ya le habíamos dicho que no podía ocupar.

¡Somos más y no tenemos miedo! Cada vez más fuerte, más urgente, más preciso. De afuera podría parecer que se trata de un escándalo sobre un chat. No es así. Detrás de todas nuestras voces, hay cientos de años de ser una colonia sin voz, sin poder, con las manos y los pies atados y los ojos vendados. Hay décadas de corrupción, de cambiar de un color de gobierno a otro sin que haga alguna diferencia. Décadas de jugar con nuestro dinero.  Detrás de esas voces urgentes, hay un pueblo que vivió meses sin agua, luz, sin comida, sin techo, sin medicamentos, sin trabajo luego del huracán María, mientras el gobierno hacia chistecitos y jugaba a hacer relaciones públicas. Un pueblo al que le quitaron 4,645 vidas. Un país al que le han quitado sus tierras, sus playas, sus casas, sus parques, sus árboles, sus escuelas. Un pueblo que ha perdido sus hijos, sus hermanos, sus nietos, y cada día más personas que no quieren y tienen que mudarse porque no encuentran trabajo. Un pueblo al que le han quitado sus fondos para la educación y la salud para metérselos en los bolsillos de unos pocos. Un pueblo al que le han quitado las pensiones de los maestros, los derechos de los trabajadores, y cuya principal y única universidad pública se ve constantemente amenazada. Un pueblo cuyos jóvenes no conocen otra realidad que no sea vivir “bajo la crisis”.  

“Nos quitaron tanto que nos quitaron hasta el miedo” leían varias pancartas. No hay nada más cierto que eso. Cuando no hay miedo una despierta, cuando no hay miedo una dice lo que siente, lo que cree, cuando no hay miedo somos libres para amarnos y amar la tierra que pisamos tanto que exigimos el mayor de los respetos.  ¡Cuando no hay miedo, decimos basta ya! Cuando no hay miedo, nos damos cuenta de que nadie es invencible. Ningún gobernante, por más abusador que sea, por más que grite, por más que insulte, por más amigotes que tenga, puede contra la voluntad del pueblo. Ninguno.

Después de 12 días y noches de protestas pacíficas (a pesar de los actos violentos por parte de la policía), ayer 24 de julio a eso de las 11:30 PM, una multitud se detuvo, entre la música, cacerolas, banderas, pancartas y flores, a escuchar el esperado mensaje que habría grabado el gobernador unas horas antes. Cuando finalmente anunció su renuncia, una ola de brincos de alegría, gritos, abrazos y besos ocuparon el espacio para marcar un momento histórico más en las calles de nuestra antigua cuidad. El cansancio de días interminables, horas y horas de caminar, de no dormir atentos a las noticias, de salir a la calle una y otra y otra vez quedaron a un lado. La emoción es gigantesca, en ese momento, cambiamos el curso de nuestra historia.

Que nuestras voces se escuchen en el mundo entero. Ojalá y otros pueblos, igual de cansados, igual de indignados se enteren que unidos pueden crear un país distinto. Ojalá y la gente se entere que otro mundo es posible. Ojalá se convenzan de que los que queremos paz, respeto, equidad, justicia, un planeta saludable y el bien común, somos muchos y muchas más y no tenemos miedo.

Si deseas leer más escritos por esta autora, no te pierdas su columna bimensual: Café con Lola