Run Lola Run.

Hay cosas en la vida que una no sabe si odiar o amar, o las dos. Correr para mi es así. Hace tres años, un sábado en la mañana tomando café con un amigo, decidí inscribirme en un medio maratón (una carrera de 13.2 millas). Admito que fue parte de una locura momentánea porque no corría regularmente, había hecho alguna que otra carrera a beneficio de alguna institución pero no entrenaba y jamás pensé que fuera posible para mi cuerpo correr tanto. Hasta ese momento mi experiencia con correr era más de odio que de amor. ¿Por qué lo hice entonces? ya ni me acuerdo, necesitaba un reto quizás, probarme a mi misma que podía hacer algo completamente ajeno para mí. Contacté a una entrenadora y luego de 7 meses corrí el Divas Half Marathon, una carrera muy divertida para mujeres. ¡A la llegada te reciben con un vaso de espumoso y una tiara, perfección! La experiencia fue increíble, completé mi meta, no necesariamente en el tiempo y forma que quería pero llegué y eso para mí en ese momento fue más que suficiente. Luego de eso estuve tres años prácticamente sin correr y hace dos meses decidí comenzar el proceso de entrenamiento nuevamente.

¿Por qué de nuevo? Una podría preguntarse…hay muchas razones además de las más obvia, los beneficios del movimiento físico. En mi caso las razones son variadas, yo como muchas mujeres que entramos al “cuarto piso” comencé a experimentar síntomas de pre-menopausia, entre ellos falta de energía y cansancio crónico. En ese momento, a pesar de que reconozco que la menopausia es una etapa importante en la vida de una mujer (más allá de los tabúes que presenta la sociedad), los síntomas de los cambios hormonales me estaban afectando mí vida diaria (y nocturna también cuando me levantaba sudando en medio de la noche sin poder dormir). Decidí hacer algo y con la ayuda de una doctora en neuropatía hice modificaciones en mi dieta y suplementos y al cabo de unos meses, los síntomas desaparecieron. Luego de esto solo me faltaba reincorporar el ejercicio y así llegué nuevamente a la tortura. Ha sido un proceso interesante sobretodo porque soy una persona distinta a la que era hace 3 años atrás, mi cuerpo ha cambiado, mis circunstancias también (mi esposo ahora entrena conmigo por ejemplo), pero el cambio más significativo ha sido el proceso mental.

Cada corrida es una lección. Desde la parte más práctica (si te tomas media botella de vino la noche anterior, puedes esperar una super tortura en la pista en la mañana). Lecciones sobre qué comer, que realmente nutre tu cuerpo, lecciones sobre la importancia de reposar y dormir. Lecciones sobre que me quita energía y que me la da. Comienzas a conocer a tu cuerpo un poco más y a escucharlo. Pero las lecciones más importantes sin duda vienen de las conversaciones que tengo conmigo misma mientras corro. Una de las ventajas de correr es que hay que estar presente y consciente de lo que está pasando con tu cuerpo en cada momento. Eso incluye cientos de conversaciones en tu cabeza durante una corrida: desde “estas medias hay que cambiarlas, me molesta el dedo chiquito del pie” hasta “no puedo mas no sé ni porque estoy haciendo esto, estoy cansada, no voy a llegar.” En esos momentos son los que realmente vienen las grandes lecciones. En el momento en el que te das cuenta de que estás corriendo hacia tus miedos: a no hacerlo bien, a rendirte, a no ser capaz, a no lograrlo, a no estar lo suficientemente preparada, a no ser lo suficientemente buena…parar siempre es una alternativa, después de todo la competencia siempre es conmigo misma, ver hasta dónde puedo llegar, cuanto más puedo hacer, que soy capaz de lograr si me lo propongo. Ahora bien, eso solo es posible si hago las paces con las voces que me dicen que no se puede. “Mi mente es mi mayor bloqueo cuando corro”, le dije a mi entrenadora el otro día luego de una corrida fatal. “Tu mente también puede ser tu mejor aliada”, me respondió ella. Al otro día corrí de nuevo bien y feliz y recordé porque amo correr, aunque a veces lo odie también.

Lola