¿Quieres ser mi amiga?

Tengo la maravillosa suerte de vivir en una isla tropical y a minutos del mar. Eso significa, por el otro lado no tan amable, que cuando llega el verano (o sea casi todo el año) y con él un calor sofocante por lo que los caminos en algún momento del fin de semana conducen a la playa. La playa es el lugar perfecto para grandes y chicos, los niños tienen entretenimiento (¡gratis!) y los adultos podemos relajarnos y disfrutar del mar, del sol, o de un libro, en teoría. Lo anterior no aplica si una tiene niños menores de 3 años o si una va sola con un solo niño o niña, sobre todo la parte de la relajación. Como madre experimentada en pasadías en la playa con hijos únicos (mi hijo e hija se llevan 12 años por lo que he vivido cada etapa con cada uno de manera individual), conozco el truco para que el pasadía sea del disfrute mutuo: localizarte cerca de otros niños. Así que una llega, hace un reconocimiento visual del terreno e identifica, en este caso una niña de más o menos la misma edad, si está sola preferiblemente porque estará igual de aburrida que la tuya y se coloca lo suficientemente cerca (pero no tan cerca porque la idea no es socializar con los padres, sino que las niñas jueguen). Luego de un rato de hacer varios castillos en la arena y darse un chapuzón una sugiere de manera insospechada (hay que hacerlo así de manera disimulada porque si se dan cuenta de que una quiere un ratito de paz y sosiego, pierde) y dice: “mira ahí una niña como de tu edad y parece que no tiene con quien jugar”! Lo que ocurra en adelante va a depender de varios factores, en mi caso mi hija es muy sociable por lo que casi siempre se anima y el plan es exitoso.

La última vez que fuimos a la playa, ella muy decidida entró en el agua a hacerle el acercamiento a una niña mientras yo la esperaba de pie en la orilla. Luego de unos minutos salió y me dijo:” ¿Mamá me dijo que sí”, “¿Que si qué?” Le pregunté y me respondió: “Que sí quiere ser mi amiga.” Su respuesta me tomó por sorpresa, no porque pensaba que la niña respondiera que no sino porque pensaba que la pregunta había sido: “¿Quieres jugar conmigo?” Y es que en la mente de mi niña de 7 años no existen muchas de las creencias limitantes que existen en la mente de nosotros los adultos. Ella no tiene razones para pensar que no sea posible que, en primer lugar, una persona sin conocerla pueda estar dispuesta a ser su amiga. Sin prejuicios, sin información previa sobre quién es, dónde vive, qué hace, quién es su familia…a ellas solo les basta una causa en común para establecer un lazo, el deseo de jugar. También me sorprende que así con la facilidad que establecen el lazo lo rompen una vez acabado el día, terminan de jugar se despiden y se van, quizás con la esperanza de volverse a encontrar, pero más que nada felices por el tiempo que disfrutaron juntas.

Lo otro que tampoco cree mi hija a esta edad y que haré todo lo posible porque nunca crea es que las niñas son malas amigas, que son competencia, que no se puede confiar en ellas, que es mejor estar “entre varones” y que las niñas se tratan mal entre sí. No creo conocer a alguna niña que piense de esta manera, sin embargo, conozco muchas mujeres que piensan así. Me pregunto cuáles han sido sus experiencias con otras mujeres en su vida, en su familia, ¿en su trabajo que las han llevado a pensar así? ¿Si no es producto de sus experiencias, de dónde salen estas creencias? A veces no estamos muy seguras de donde provienen las creencias que mantenemos, posiblemente porque muchos mensajes los recibimos a través de las historias que vemos, que leemos, que escuchamos. Historias que existen para mantener esas creencias y que a veces no cuestionamos.

Mi experiencia me dice que es distinto, que las mujeres nos apoyamos, nos queremos, nos ayudamos, nos levantamos juntas y que no hay nada como la magia que se da cuando estamos en compañía del amor, la compasión y la risa (o el llanto) de otras mujeres. Hubo una época en la que creí también las historias de otros y que dejé que esas historias y las creencias que se generan de ellas determinaran como me acercaba a otras mujeres. Por fortuna, si se me olvidara ahora mi hija me recuerda como debe ser, sin miedo, con valentía, con el corazón abierto y preguntando “¿Quieres ser mi amiga?”

Lola