México del Norte

Por Jorge Mújica Murias

jmujicam@gmail.com

La Invasión Infantil

De pronto, como de la nada, el mundo descubrió que Estados Unidos está siendo invadido por peligrosísimos inmigrantes disfrazados de niños entre 5 y 17 años. Cincuenta y dos mil, según cifras de la Migra, de estos peligrosísimos sujetos han sido arrestados en la frontera este año, y se espera que lleguen a ser 90 mil para finales de año.
Sin duda es un complot. Ya que los adultos deportados no despiertan la compasión de las autoridades gringas, los migrantes están mandando niños a la frontera. ¡Pero no se saldrán con la suya! El presidente que ha deportado a 2 millones de adultos acaba de pedir de emergencia al Congreso permiso para evitar la invasión.
El urgente pedido consiste en autorizar a Barack Obama a brincarse las leyes contra el tráfico laboral aprobadas hace 10 años, que establecen que los niños de países que no tienen frontera con Estados Unidos, como Guatemala, Honduras y El Salvador, deben ser entrevistados por un agente de control migratorio y no pueden ser detenidos por más de 72 horas antes de ser transferidos a la Oficina de Asentamiento de Refugiados, parte del Departamento de Salud y Servicios Humanos.
Servicios Humanos debe actuar “en el mejor interés del niño”, frase que a veces es hueca y no sirve de mucho, pero que por ningún motivo podría significar la deportación. Hasta donde la lógica se puede aplicar en estos casos, ningún niño podría beneficiarse de una deportación. La consecuencia natural sería enviar al menor con familiares en el país, a un orfanato, o con una familia tutelar o adoptiva.
Con lenguaje contradictorio, Obama pide al Congreso autoridad inmediata para brincarse la ley para “aliviar una crisis humanitaria” y deportar a todos los niños. Meterlos en lo que prácticamente son campos de concentración, donde solamente tienen una frazada para dormir en el suelo no basta. Hay que deshacerse de ellos.
Su petición de deportarlos antes de que tengan chance de ver a un juez y solicitar reunirse con sus familiares en Estados Unidos parece seguir la línea que le marcó la “próxima presidenta” del país, Hillary Clinton, quien declaró la semana pasada que “hay que mandar un fuerte mensaje a América Central: no porque sus hijos lleguen a la frontera significa que se van a quedar aquí”.

 

La Siguiente Jugada

 

La “salvación” que propone Obama, sin embargo, va mucho más allá de deportar a miles de chamacos. Va acompañada del permiso de desviar fondos del presupuesto destinado a la deportación de adultos que ya están en el interior del país.
En otras palabras, hacer un agujero para tapar otro, deportar niños en la frontera y no deportar adultos trabajadores en el interior. También, para establecer un programa “especial” en América Central para “convencer” a la chamacada desesperada que está tratando de reunirse con sus padres en Estados unidos de que ni le busquen porque los van pescar y mandarlos de regreso.
En total, Obama quiere gastarse unos dos mil millones de dólares en su “programa especial” de más centros de detención, más jueces y más agentes en la frontera. De nuevo, el absurdo de los números es impresionante. Viene a ser más de 20 mil dólares por chamaco por todo el año. Si los invirtiera en América Central para aliviar la situación de pobreza extrema en que las políticas económicas e intervencionistas de los gringos los han sumido durante generaciones, tendría más sentido.
Pero no se trata de sentido, ni común ni de ningún otro tipo.
De nuevo, esta medida cae dentro del juego electoral en puerta, las elecciones de noviembre. Con su petición, Obama evita la amenaza Republicana de “demandarlo legalmente” si excede sus poderes, emitida cuando dijo que si el partido del elefante no actuaba en inmigración lo haría él solito. Por el otro, mantiene su “dureza” contra los inmigrantes y su estrategia de buscar votos Republicanos en favor de una llamada “Reforma Migratoria Integral”. Además, puede seguir acusando a los Republicanos de “tener la culpa” por la falta de reforma.
Y de remate, se puede colgar el santo de que dejó de deportar trabajadores de las fábricas, gente establecida que contribuye a la economía (al revés que los horribles y molestos menores de edad que no hacen nada más que ocasionar dolores de cabeza en la frontera, claro).
En resumen, se adorna con todos y no se pelea con nadie. Al final de cuentas, a los niños indocumentados que no han logrado pasar de la frontera no los va a extrañar nadie más que sus papás. A nadie más le importan, y mucho menos a los políticos en campaña. Expulsarlos de aquí adentro sería malo, pero sacarlos desde la misma frontera es “resolver una crisis humanitaria”…