México del Norte

Jorge Mújica Murias

¡Adiós Obama!

Con lagrimitas y todo, el saliente presidente Barack Obama vino a Chicago a despedirse de los ciudadanos y de la Casa Blanca que habitó por ocho años, antes de entregársela a quien puede percibirse como su completo opuesto, Donald El Trompas Trump.

Al mulato liberalón lo sucede un blanco conservador, racista. La ilusión aquella de que el racismo había terminado hace ocho años porque un mulato había llegado a la Casa Blanca está completamente desvanecida. El idealismo propio de los gringos de que cualquiera, hasta un niño de raza mixta, hijo de inmigrante africano y madre prácticamente soltera puede llegar a la presidencia se va con él. Y su famosa “esperanza” también.

Y al parecer, sus llamados logros están a punto de ser borrados también del mapa, comenzando por su famosa reforma de salud, que más bien es una ley de cobranzas de las compañías de seguros de salud, y poco tiene realmente que ver con la salud.

Pero con todo y lagrimitas, no podremos recordar a Obama con cariño. Con todo y su Premio Nobel de la Paz, solamente el año pasado, su administración bombardeó Siria, Irak, Afganistán, Libia, Yemen, Somalia, y Pakistán, países por cierto de mayorías musulmanas, lo mismo de lo que ocupaban a Obama cuando ganó la presidencia. A la mejor quería terminar de convencer a la derecha de que no es musulmán.

Y los bombardeos no fueron casualidad. Obama aprobó los presupuestos más altos para el ejército en la historia, en cada uno de sus ocho años en la Casa Blanca.

No se destacó tampoco en el renglón de la educación, donde impuso los exámenes estándar más que nunca, y durante su régimen se cerraron más escuelas públicas que nunca antes, afectando especialmente estudiantes negros y latinos, y en cambio se abrieron más escuelas semiprivadas, las charter, que nunca antes.

Su solución para la crisis económica que heredó de Bush fue reforzar la posibilidad de que los ricos se hicieran más ricos. Rescató a los bancos y dejó a los trabajadores que perdieron sus trabajos, literalmente, en la calle. Los trabajos perdidos fueron reemplazados con trabajos de salario mínimo para negros y latinos y hasta para los blancos de la clase obrera.

Y por cierto no cumplió tampoco nunca su promesa de caminar con los obreros huelguistas por mejoras laborales. De hecho, ignoró completamente al movimiento de la Lucha por 15 y también a Black Lives Matter, las Vidas Negras Importan, y a los sindicatos que le dieron millones de dólares e hicieron posible su elección y su reelección.

Los nativos americanos no le escucharon decir nunca una palabra de aliento en su lucha por proteger el agua, y los niños de Flint, Michigan, siguen tomando agua contaminada con plomo.

¡Hasta Nunca!

Por supuesto, su agenda migratoria fue atroz. No solamente deportó más inmigrantes que nunca en la historia, cerca de 3 millones, sino que impuso una serie de medidas administrativas anti-inmigrantes.

Obama sustituyó las redadas de la era de Bush con redadas silenciosas, revisiones de documentación que obligaban a los patrones a despedir a los indocumentados, y extendió el sistema de verificación electrónica, E-Verify, para no contratar nuevos trabajadores sin papeles.

Estableció el programa de Comunidades Seguras, una progresión de la Polimigra, con el que cada expediente judicial manda por computadora, automáticamente, las huellas digitales de todos los detenidos por las policías locales a la Migra.

Contrató a más agentes de la Patrulla Fronteriza cada año, hasta que la Migra llegó a ser la agencia más grande del gobierno federal, más que la DEA, el FBI y la CIA combinadas.

Su famosa Obamacare pasó a fregar millones de indocumentados también, no solo excluyéndolos deliberadamente de la ley, sino autorizando a las agencias de seguro de salud a checar los papeles migratorios. Cientos de miles de trabajadores indocumentados perdieron sus trabajos, terminando en agencias temporales de empleo, sin derechos y sin garantías laborales y como simple mano de obra abaratada.

Igual que durante las elecciones, cuando se pretendía elegir a Hillary Clinton nomás por no elegir a Trump, con sus lagrimitas Obama pretende ser reconocido como el presidente “bueno” en comparación con el “malo” que viene.

Yo no me la trago. Le decimos adiós a Obama observándolo con ojos claros, sin lagrimitas. Que Trump sea malo, pésimo, no convierte a Obama en bueno. Para nosotros, será siempre el Deportador en Jefe.