Fiesta de Reinas

Hay una mujer. Hay una mujer que estudia. Hay una mujer que estudia y trabaja. Hay una mujer que estudia y trabaja mientras tanto sueña en grande. Sueña con un imperio. Se sueña reina de este imperio. Suena con su marca. Suena con dejar su marca. Suena con hacer ruido. Ruido de colores. Ruido con sus rizos. Ruido con sus rizos de colores.

En este momento, hay una mujer en alguna parte del mundo, soñando, estudiando, trabajando. Sueña y sabe o quizás no sabe. Que llegará a donde quiera llegar. Que llegará a donde quiera llegar, a pesar y por encima de los obstáculos. Que llegará a donde quiera llegar a pesar y por encima de los obstáculos y de otras personas, hombres y mujeres. Que la juzgarán. Hay una realidad que no es parte de su sueño. La parte donde la observan con mirada sospechosa y juicio. La parte donde se preguntan con quien se acostó para llegar hasta ahí. La parte donde murmullan que es por ser hija de, hermana de, esposa de, seguro tuvo ayuda de. En su sueño tampoco se asoma el “ella es demasiado blanca, demasiado negra, demasiado gorda, demasiado flaca, demasiado joven, demasiado vieja, demasiado suave, demasiado fuerte, demasiado seria, demasiado amigable, demasiado fina, demasiado cafre, demasiado callada, demasiado gritona, demasiado linda, demasiado fea.” O simplemente no es suficiente. No es suficiente de esto o de aquello, de todo o de nada. Contra ese no es suficiente, ella lucha cada día. Con ese no soy suficiente, no tengo suficiente, ella se despierta y se acuesta todos los días. Mientras estudia, trabaja y sueña. Mientras busca la manera de sentirse que hace suficiente, por si misma, por su familia, por su barrio, por su pedacito en el mundo. Mientras se sospecha que tendrá que saber el doble, hacer el doble, trabajar el doble, soportar el doble, probarse el doble, por el solo hecho de ser mujer. De ser imperfecta, que es lo mismo y que es algo que no se nos perdona. La vara siempre será inalcanzable. No importa cuán alto sea el trono. No importa cuán grande la corona.

Hay una mujer. Hay una mujer que estudia. Hay una mujer que estudia y trabaja. Hay una mujer que estudia y trabaja mientras tanto sueña en grande. Sueña y sabe o quizás no sabe. Que mientras ella sueña hay otra mujer que, como ella, soñó en grande. Otra mujer ya en su imperio, en su trono. Otra mujer a quien ella juzga por ser demasiado o no ser suficiente, por ser imperfecta. Otra mujer a quien ella juzga por que eso fue lo que aprendió, sin saber que lo aprendió. Otra mujer a quien ella observa con los ojos cerrados. Otra mujer que es ella misma. Un poco mas adelante en el camino.

Hay una mujer y otra mujer. Ojalá se encuentren. Ojalá se encuentren y se reconozcan. Ojalá se encuentren, se reconozcan, se abracen y se den la mano. Ojalá se les olvide lo que han aprendido. Ojalá caminen juntas. Ojalá y otras mujeres que estudian, trabajan y sueñan en grande puedan verlas caminar juntas. Ojalá y otras mujeres soñadoras las vean caminar juntas y aprendan que el camino puede ser solidario y no solitario. Podemos reinar juntas. Podemos imaginar una gran fiesta de reinas, reinas de colores, reinas que hacen ruido, ruido con sus risas (y sus rizos, o sus lacios), ruido con sus pasos, ruidos con sus abrazos. Hay una mujer que sueña con esa fiesta de reinas. Esa mujer, soy yo.

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