En el vientre del monstruo

Che Guevara: El salto mayor que dio en México

Por Marco I. Dávila

maidaca85@gmail.com

mHambre, frio, falta de dinero y otros inconvenientes de paso por la «Nuestra Mayúscula América», le llevan a adoptar el lema «poco equipaje, piernas fuertes y estómago de faquir». Fue el 7 de julio de 1953 que ya graduado de Medicina, en lo que fue claramente su camino hacia la revolución, como en la búsqueda de algo o alguien que lo inspirara para dar un salto mayor, Ernesto Guevara de la Serna (Che) inicia su segundo viaje por América Latina. Tenía 25 años. Con él llevaba un diario (la continuación del Diario en motocicleta), titulado «otra vez», en donde están plasmadas varias claves de su proceso de evolución política. En los 3 años de este segundo viaje, llevó una vida de proletario. Sin embargo, era aún un «bohemio, despreocupado del vecino». Sus ganas de seguir viajando y conociendo el mundo le impedían entrar al partido político con el que se identificaba, el Partido Comunista. Hablaba de que quería ir al norte: «…A Estados Unidos no le he perdido ni medio gramo de bronca, pero quiero conocer bien Nueva York por lo menos. No tengo el menor miedo al resultado y sé que saldré exactamente tan antiyanqui como entre (si es que entro)» (Carta a la madre-Noviembre de 1954). Pensaba escribir un libro sobre medicina «que verá la luz –si la ve– dentro de varios años y que lleva el pretencioso título de La función del médico en Latinoamerica». Poco más tarde se retracta de la idea de escribir dicho libro, porque «decidí cumplir primero las funciones principales, arremeter contra el orden de cosas, con la adarga al brazo, todo fantasía, y después, si los molinos no me rompieron el coco, escribir» (Carta a la madre-[Nota de «otra vez»: Aproximadamente octubre de 1956]). Poco antes o poco después de conocer a los cubanos, Che se sentía conocedor de la América, un «americano con un carácter distintivo de cualquier otro pueblo de la tierra», un enemigo de la «moderación»; y ya le había pegado con todo, el ideal de «Patria o Muerte», lo que él en una carta a la madre interpreta como «la enfermedad que yo tengo», la cual  «se va exacerbando y no suelta sino en la tumba». Su viajar sin un destino fijo va quedando atrás, «todo aquello es pasado; lo único que está claro es que los diez años de vagabundeo tienen visos de ser más (salvo que circunstancias imprevistas supriman todo vagabundeo), pero ya será de un tipo totalmente diferente al que soñé y cuando llegue a un nuevo país no será para recorrer tierras, ver museos y ruinas…» (Carta a la madre – México 15 [Nota de «otra vez»: Sin año en el original]). En México, durante la última etapa de su viaje, “vagabundeo”, conoce a Fidel Castro, quien da a Che ese empujón necesario para dar el salto mayor y someterse así a «una disciplina rígida». Sobre aquel encuentro Che anota en su diario: «Un acontecimiento político es haber conocido a Fidel Castro, el revolucionario cubano, muchacho joven, inteligente, muy seguro de sí mismo y de extraordinaria audacia; creo que simpatizamos mutuamente». Es entonces, cuando conoce a los cubanos en México, que su convicción de unirse a la lucha del pueblo ya no daría marcha atrás. En el párrafo final de la carta que le envía a su madre, antes de embarcarse en el Granma con rumbo a Cuba, así se despidió de ella: «…Ahora no queda más que la parte final del discurso, referente al hombrín y que podría titularse: “¿Y ahora qué?” Ahora viene lo bravo, vieja; lo que nunca he rehuido y siempre me ha gustado. El cielo no se ha puesto negro, las constelaciones no se han dislocado ni ha habido inundaciones o huracanes demasiado insolentes; los signos son buenos. Auguran victoria. Pero si se equivocaran, que al fin hasta los dioses se equivocan, creo que podré decir como un poeta que no conocés: “Solo llevaré bajo tierra la pesadumbre de un canto inconcluso”. Para evitar patetismos pre morten, esta carta saldrá cuando las papas quemen de verdad y entonces sabrás que tu hijo, en un soleado país americano, se puteará a sí mismo por no haber estudiado algo de cirugía para ayudar a un herido y puteará al gobierno mexicano que no le dejó perfeccionar su ya respetable puntería para voltear muñecos con más soltura. Y la lucha será de espaldas a la pared, como en los himnos, hasta vencer o morir. Te besa de nuevo, con todo el cariño de una despedida que se resiste a ser total. Tu hijo» (Carta a la madre [Nota de «otra vez»: aproximadamente octubre de 1956]).

Che es ese hombre que los buenos americanos llevamos plasmado en el corazón y al que, con especial respeto, rendimos tributo cada 14 de junio. ¡Che vive, la lucha sigue! 

 

 

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