En el vientre del monstruo

Hugo Chávez Frías: “Cuentos del Arañero”

Por Marco Dávila

maidaca85@gmail.com

 “Si uno pudiera volver a nacer y pedir dónde, yo le diría a papá Dios: Mándame al mismo lugar. A la misma casita de palmas inolvidable, el mismo piso de tierra, las paredes de barro, un catre de madera y un colchón hecho entre paja y gomaespuma. Y un patio grande lleno de árboles frutales. Y una abuela llena de amor y una madre y un padre llenos de amor y unos hermanos, un pueblito campesino a la orilla de un río”.

Cuentos del arañero, compilado por Orlando Oramas León y Jorge Legañoa Alonso, es un libro autobiográfico que no escribió Chávez pero que sí lo contó, todito, él mismo, y cuyo título viene, precisamente, de una anécdota familiar donde Chávez cuenta que de niño vendía arañas de lechosa (dulces a base de fruta y azúcar) en el pueblito donde vivía. Es un libro que nos muestra a un Chávez sensible; a un Chávez orgulloso de ser llanero; a un Chávez que se apasiona por la historia; a un Chávez “que trasciende los moldes de la academia”, y que “rompe la lógica gramatical sujeto-verbo-predicado”. Nos hace recordar al líder-soldado-bolivariano-latinoamericanista-dicharachero, ¿quién no recuerda su originalidad para narrar historias? Con todo y sus respectivos sonidos: ““Pac”, suena cuando su padre bocha la bola criolla; “Ass”, el silbido de la tragavenado; “Uuuh”, los fantasmas de Sabaneta; “Pum”, vuela lejos la chapita; “Ta, ta, ta”, Evo habla que habla; “Ra, ra, ra”, meterle a los gringos cuatro batallones por el flanco; “Uju”, sorpresa”.

En cuentos del arañero Chávez cuenta historias de familia, de sus juegos de béisbol, de sus años en las Fuerzas Armadas, de sus encuentros con Fidel Castro; rinde “culto a próceres y a héroes”, y en todo momento da muestras de ese “amor infinito a Venezuela y, sobre todo, a las masas excluidas”.

Aquí algunas historias seleccionadas, contadas por Chávez “el arañero de Sabaneta”:

 

Rebelde ante el atropello

 

¡Era un lujo la leche condensada! Recuerdo una vez un superior mío, inmoral, por allá en el terreno. Íbamos a comer, abrimos la ración y me dijo: “Mire, recluta, le cambio este pote delicioso, exquisito”. Era una cosa horrible, tenía muchas espinacas y toda esa cosa. “Le cambio esta exquisita ensalada de espinacas por ese pobre pote de leche condensada”. Me negué, la metí en el bolsillo. “Tendrás que quitármela”. Siempre fui rebelde ante los atropellos. “Nuevo, usted está alza’o”. “Alza’o no, este es mi derecho, esta es mi ración de combate. No me la va a quitar usted”. ¡Ah!, me tuvo obstinado como dos meses, hasta que se le olvidó. Uno nunca aceptó atropello, ni nadie debe aceptarlo. De ningún tipo.

Génesis

Es como aquella niña. ¡Ay!, aquí la llevo. Se llamaba Génesis. Un día, en un acto, me llegó corriendo entre el público. Creo que fue en el Poliedro. Fue y me abrazó. Ella tenía un cáncer en el cerebro. Y me dicen que no le queda sino un año de vida. ¿Qué hago yo por esta niña, Dios? Ella me regaló una bandera, allá la tengo y la tendré conmigo hasta el último día de mi vida, porque esa bandera es ella que está conmigo. Ella me dijo: “Chávez, toma mi bandera”. ¡Ah!

¡Qué dolor cuando supe la realidad! Hablé con Fidel y le hicimos un plan. La mandé pa’ Cuba con la mamá. La pasearon, la hicieron pionera. “Seremos como el Che”, dijo. Yo tengo hasta el video. Fue feliz hasta el último día de su vida. ¿Ve?, ¿qué más uno puede hacer? Es un angelito que anda por ahí cuidándonos. Allá está hecha bandera y aquí está hecha vida, Génesis.

 

Tiene usted razón

 

Una vez en este mismo salón me reuní con un grupo de médicos cubanos. Nosotros tenemos que apoyarles en algunas cosas, porque a mí no me gusta que estén durmiendo por allá en esas situaciones que vi. Me trajeron unas fotos, y mandé a un equipo a inspeccionar. Bueno, la casa de los pobres, pues. Entonces se paró un hombre como de cuarenta años y me dijo: “Presidente, no se preocupe. Yo vengo del África, donde dormíamos en la selva, a veces en el suelo. La situación allá es veinte veces más grave que la pobreza que ustedes tienen aquí”. Y me dio una clase ese médico porque me dijo: “Presidente, ubíquese usted en un barrio de estos. Supóngase que llegó usted, médico y al día siguiente, llega una cama con un colchón nuevo y la gente durmiendo en el colchón viejo. No, tenemos que dormir igual que ellos, no puede haber privilegios”. Y le dije: “Tiene usted razón, perdóneme en mi atrevimiento. Tiene usted razón, profesor de la verdad”.

 

¡Gallo viejo, venceremos!

 

A mí me regalaron dos pollitos, así chiquiticos, hace como tres años. Salieron tremendos gallos, compadre, pero peleaban entre ellos. Uno salió herido, se lo llevaron, no volvió. El otro está allá, es un gallo viejo. Ayer yo estaba peleando con él porque ya no quiere cantar, y le digo: “Gallo viejo, canta”. Cómo cantaba ese gallo, compadre. Ese gallo se llama Fidel. “Fidel, canta”, y no cantó. Entonces, empecé a cantarle “kikirikí”, y el que respondió fue su hijo, un gallo rojo. ¡Si ustedes vieran mi gallo, compadre! Ese se llama el Gallo Rojo, ese sí estaba cantando, el hijo. Y yo le digo al gallo viejo: “¡Ah, gallo viejo!, ya no sirves para nada”. Entonces, me fui caminando, porque estaba haciendo ejercicios. Cuando voy saliendo del patio, allá arriba en una azotea, cantó el gallo viejo, compadre. Volteo yo y le digo: “¡Ese gallo viejo, venceremos!”. Y ahí se puso a cantar.

Cuentos del Arañero puede ser descargado de forma gratuita en: www.cubadebate.cu

 

 

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