Disección de un golpe parlamentario

Por Irina LópezJefa de Comunicaciones de Human Rights for Venezuela

@HRforVenezuela 

Es 5 de enero de 2020.  El día en el que los parlamentarios venezolanos deben escoger la directiva de la Asamblea Nacional, único poder independiente, última barricada democrática que le queda al país.

A las 9:00 de la mañana Juan Guaidó se acerca al Palacio Federal Legislativo.  Sabe que le corresponde presidir su máximo cargo hasta que Nicolás Maduro deje de usurpar la presidencia de la república, pero lo detiene un mal pronóstico.  Un piquete de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) y de la Policía Nacional Bolivariana (PNB) se interponen con una lista.  El Estado, a través del Ministerio de Comunicación e Información, ha instruido quién puede entrar a la sede de la Cámara Baja y quién no.

Otros legisladores ya tienen varios minutos allí, al igual que la poca prensa nacional independiente y algunos medios internacionales.  A ellos también se les ha negado el acceso.  Intentan denunciar lo ocurrido, pero descubren que no tienen conexión a internet.  El resto de la población comienza a advertir que el acceso a YouTube, Twitter, Facebook e Instagram ha sido bloqueado.

Mientras la libertad de prensa, la facultad de estar informados y los derechos civiles sufren otro vejamen, la Guardia Nacional escolta y le abre paso a los conductores de un programa televisivo pro-régimen.

Dentro del hemiciclo casi todos los escaños están vacíos.  Los miembros de la tolda gubernamental, el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) y antiguos miembros de la oposición, juramentan a los diputados Luis Parra como presidente de la Asamblea Nacional, a Franklin Duarte como primer vicepresidente, a José Noriega, como segundo vicepresidente y, a Negal Morales como secretario general.

Un nombramiento sin quórum, sin votación, sin la presencia del presidente en funciones de la Asamblea Nacional, de la autoridad competente para instalar la sesión, porque en las afueras de ese edificio neoclásico de finales del siglo XIX, la GNB y la PNB le halan las piernas a Juan Guaidó, presidente encargado de Venezuela.  Bajo ninguna circunstancia debe poder saltar la reja de bronce que lo separa del Capitolio, de la posibilidad de hacer que se cumplan las leyes.

Lo tiran al suelo, a él, a la república, a la Constitución.

En medio del tumulto, los efectivos militares que existen para garantizar la independencia y soberanía de la patria, aprovechan la ocasión para robarle los celulares y las credenciales a algunos de los parlamentarios electos por más de 7 millones de venezolanos.

Adentro, Luis Parra posa para la fotografía oficial.  Hace unos meses fue expulsado de uno de los partidos opositores por haber recibido una gran cantidad de dinero a cambio de enviarle cartas al Departamento del Tesoro de los Estados Unidos y a la Fiscalía de Colombia, para que no sancionen a varios responsables de la red hercúlea de corrupción del programa estatal de los Comités Locales de Abastecimiento y Producción.  Las llamadas cajas CLAP.  Mecanismo de control social que ha deshumanizado aún más a los venezolanos y politizado el derecho a alimentarse de los mismos.

El oficialismo lo recompensa, se lo impone a la nación.

A 30 kilómetros de distancia, en la ciudad costera de La Guaira, Maduro le habla al país.  Acaba de inaugurar un estadio de béisbol.  Con la gorra que identifica a dicho deporte le informa a los venezolanos que Guaidó no asistió a la Asamblea Nacional, que por ende no fue reelegido: «No las tiene puestas (…) si uno tiene que enfrentar una situación da la cara, pero no quiso dar la cara».  También promete grabar un programa especial para que el mundo vea lo que «realmente» pasó.

Ya son las 5:00 de la tarde.  En Caracas se produce un acto de resistencia, los diputados electos de forma democrática logran celebrar sesión en la sede de un periódico y eligen la nueva junta directiva del Poder Legislativo.  Aplican los artículos 194 y 219 de la Carta Magna, también el Reglamento Interior y de Debates del órgano unicameral, y con 100 votos a favor proclaman a Juan Guaidó presidente de la Asamblea Nacional y jefe del Gobierno de Transición.

Las imágenes de lo acontecido le dan la vuelta al planeta.  Venezuela además de tener dos presidentes, dos Tribunales Supremos de Justicia (el seleccionado a dedo por Diosdado Cabello y, el legítimo, conformado por magistrados que son perseguidos políticos), también posee tres Congresos: la Asamblea Nacional elegida por los venezolanos en un proceso electoral, la Asamblea Nacional Constituyente, un organismo que no está contemplado en la Constitución, y esta nueva Asamblea Nacional expoliadora.  Las dos últimas, intentos violentos de eliminar definitivamente el estado de derecho sin mucho disimulo.

Enseguida las redes sociales explotan.  En el extranjero sobran quienes desestiman que Venezuela sea una tiranía. 

Los venezolanos quieren que culmine el día.  Se sienten solos.  Saben que 21 años de muerte, persecuciones, violaciones a sus derechos fundamentales no son, y nunca serán, pruebas para muchos.