COVID-19: de mal en peor

Por José López Zamorano- La Red Hispana

 

La pandemia del COVID-19 continúa siendo una de las mayores amenazas a la salud pública que no distingue ni raza, origen étnico, estatus económico, situación migratoria o edad. Pero las cifras más recientes de los Centros para el Control y la Prevención de las Enfermedades (CDC) reflejan un panorama desolador para las comunidades latinas de los Estados Unidos.

 

Ya sabíamos que la pandemia ha golpeado desproporcionadamente a las comunidades más vulnerables, como la hispana y la afroamericana, que todos los días arriesgan su vida en la primera línea de defensa contra la enfermedad, realizando los trabajos esenciales que se necesitan para la supervivencia del país.

 

Pero las cifras de CDC muestran que la situación, lejos de ir mejorando para la comunidad latina, ha ido empeorando, en lo que respecta a la proporción de muertes asociadas con el COVID-19.

 

Entre mayo y agosto pasados, la mortalidad de hispanos por las complicaciones del COVID-19 aumentó del 16.3% al 26.4%, es decir un incremento de más de 10 puntos porcentuales en un lapso de apenas cuatro meses. Recordemos que los hispanos representamos alrededor del 18% de la población, es decir estamos sobre representados en materia de mortalidad.

 

Dramáticamente, los hispanos fuimos de hecho el único grupo racial y étnico que registró un incremento en la proporción de mortalidad entre mayo y agosto.

 

La situación no es muy distinta entre la comunidad afroamericana, que acumula el 18.7% de los decesos por COVID-19, a pesar de que representan al 13% de la población de los Estados Unidos. Entre los nativos americanos el porcentaje de mortalidad se ubicó en 1.3% durante el mismo periodo, de acuerdo con las cifras oficiales.

 

Por edades, la mayor proporción de mortalidad corresponde a las personas entre 75 y 84 años, seguidos por aquellos entre 65 y 74 y los de 50 a 64 años. Afortunadamente las tasas de mortalidad son de menos del 0.1% entre menores de edad y de apenas 0.5% entre adultos jóvenes de 18 a 29 años.

 

Las razones enumeradas por CDC que explican la desproporcional mortalidad son casi obvias: Vivimos en hogares multi-familiares y multi-generacionales, realizamos los empleos que sólo pueden realizarse de manera presencial –en la agricultura, las empacadoras de carne, los servicios, el sector salud– además de que tenemos acceso limitado a la cobertura médica y experimentamos discriminación, prejuicios y hostigamiento.

 

A esta tormenta perfecta tenemos que añadir comorbilidades que complican los desenlaces de salud relacionados con el COVID-19, como la alta prevalencia de diabetes, obesidad e hipertensión en nuestra comunidad.

 

La gran interrogante es qué se está haciendo para mitigar esta crisis de salud pública entre las minorías, cuál es el plan para proteger a esos seres humanos y trabajadores esenciales, cómo se va a dotar de acceso médico a quienes carecen de seguro de salud.

 

El diagnóstico ha sido más o menos claro desde el inicio de la pandemia, pero lo que hace falta claramente es un plan integral para minimizar más muertes innecesarias y la devastación de comunidades esenciales enteras.