Calladita no te ves más bonita.

Llevo aproximadamente seis semanas escribiendo esta columna, o debo decir intentando escribir esta columna. Seis semanas repasando las ideas en mi mente, seis semanas ensayando en mi cabeza lo que quiero decir sin poder decirlo. No se trata de procrastinar, arte el cual domino a la perfección, no, esto es algo distinto. Siento que una parte de mi quiere decir algo sobre la cual la otra parte de mí no está completamente convenida (aun). Resulta que esa parte de mí que aún no está convencida parece ser que es la que maneja el lenguaje, porque las palabras no quieren fluir. Alguien recientemente me dijo que intentara dejar de filtrarme tanto, que permita que las cosas salgan hasta encontrar un punto medio entre lo que quiero decir y como quiero decirlo, más fácil dicho que hecho precisamente.

Hay cosas que una escucha de pequeña, refranes y dichos populares que tal vez escuchamos de la boca de nuestros padres, maestros, vecinos y otros adultos. A una edad que rara vez se detiene una a analizar su significado, ni de dónde provino, mucho menos cuestionar la palabra de un adulto a quien nos enseñaron a no cuestionar jamás. Nuestra opinión rara vez era bienvenida o aceptada en las conversaciones de adultos, como solían decir: “los niños hablan cuando las gallinas orinan”, entiéndase nunca ya que las gallinas y las demás aves en general no orinan, pero no voy a entrar en esos detalles técnicos poco agradables en este momento y de pequeñas la verdad, aunque no supiéramos quien se inventó el refrán ni si era científicamente correcto, entendíamos muy bien el contexto y el mensaje.

Ahora que soy más grandecita siento mucha curiosidad por estas frases y a menudo investigo, pregunto trato de descubrir su origen y en el proceso he encontrado cosas muy interesantes. Pero hay una frase especifica que no solo se usa con los niños sino luego se dirige a las mujeres: “Calladita te ves más bonita”. Porque si bien a los niños (mientras son niños) les dicen que no deben hablar, luego ocurre que se les fomenta el asertividad, expresar sus ideas (no sentimientos) y dar (no recibir) instrucciones. A las niñas se les enseña algo distinto: que hay un momento y lugar para hablar, que la “belleza y el cerebro no mezclan” y que si quieres que te tomen en serio no debes verte muy atractiva (cuando comencé mi carrera como facilitadora mi jefa y mentora, una mujer muy brillante y muy guapa me contaba cuáles eran las técnicas que ella usaba cuando estudiaba en la Universidad de Harvard y posteriormente en Oxford para no verse muy “bonita” mientras daba una presentación. Me aconsejó que hiciera lo mismo, por lo menos hasta que tuviera suficiente experiencia (presumo edad también) y confianza en mí misma como para que mi apariencia física no fuera un distractor. Vaya lección. Además, con cada interrupción aprendemos que lo que los hombres dicen es más importante y con cada explicación no solicitada que ellos tienen las respuestas y explicaciones para todo. En su libro “Originals”, Adam Grant habla sobre cómo las mujeres en el trabajo (y en caso de que seamos parte de una segunda minoría todavía más) se nos invalida constantemente nuestras aportaciones y mas allá, el autor ofrece consejos para cómo lograr ser escuchadas.

Todos esos años de recibir estos mensajes, de forma verbal y no verbal, hacen que una se vaya tragando las palabras, que una se filtre a la hora de hablar, que una constantemente espere su turno para decir algo (el cual muchas veces no llega si esperamos a que no los otorguen). Así pasan las reuniones, las conversaciones, los minutos, las horas, los años sin decir lo que una tiene que decir hasta que el cuerpo no aguanta más y todas esas palabras, pensamientos, sentimientos acumulados se empiezan a manifestar de maneras no saludables. Aun aquí y ahora, una pensaría que de tanto que no he dicho, podría decirlo todo. Pero hay una parte de mí que sigue luchando con esta idea, que aún espera el permiso para hablar, que aun siente miedo del que dirán, de sonar “demasiado fuerte”, del rechazo, una parte de mí que a veces se muerde la lengua, que aún se traga las palabras. Pero esa misma que a veces lucha con su mudez, hoy aprovecha este foro y te escribe para decirte que es mentira, que calladita no te ves más bonita.

Hasta pronto,
Lola

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