Café con Cerati

Una o dos aclaraciones antes de continuar: la primera, nunca tome café con Cerati, aunque me hubiera encantado, pero puedo disfrutar de un café mientras escucho a Cerati, así que técnicamente me acompaña. La segunda, si no conoce a Cerati, le recomiendo deje absolutamente todo lo que está haciendo en este momento (incluyendo leer esta columna) busque Gustavo Cerati en Spotify, YouTube, iTunes, su plataforma de música favorita escuche un rato y luego regrese aquí. Igual si no lo conoce no importa, solo que en el escrito hay numerosas referencias a sus canciones y si las conoce será un poco más divertido, y más doloroso también. El dolor si es algo que todos conocemos y el dolor de la separación más, desde que nacemos. El dolor es algo que todos tenemos en común, y es por eso por lo que, aunque no conozca a Cerati, estoy segura entenderá estas palabras.

Estas palabras no son nuevas, hoy cumplen 4 años de haberse juntado en este escrito, una de las bondades de escribir es que luego podemos volver sobre lo escrito y observarnos desde un lugar distinto. Al igual que la música, permanece y trasciende. Como dice otro de mis favoritos (Jorge Drexler, si tampoco lo ha escuchado, repita los pasos descritos en el párrafo anterior) “Todo se transforma”, el dolor también. Por eso no hay que temerle, el dolor se siente, se pasa y luego se transforma en otra cosa y aunque a veces la herida permanezca, ya no duele igual. A veces luego del dolor, y del amor, aunque no necesariamente en ese orden, nos queda la música.

Septiembre 4, 2014

Cerati siempre me recordaba a ti. Aquel regalo que te hice en el primer cumpleaños. Cuando todo era nuevecito, como la esperanza de que nos iría tan bien. Como la foto tuya en aquel concierto de Cerati, y tu cara en esa foto, tan nueva, tan joven y tan feliz, como nosotros en aquel cumpleaños donde pasamos horas ingenuas entre episodios sinfónicos, esa cara de felicidad que nunca he vuelto a ver. Esos nosotros que nunca volvimos a ser. Ahora, la poca esperanza que le quedaba a Gustavo se esfumó en una bocanada, igual que se esfumó la poca esperanza que nos quedaba, de aquello que nos arrancamos de raíz, después de pasar meses como barco a la deriva. Sólo que nuestra muerte llegó mucho antes que la de Gustavo, porque no conocimos la profundidad hasta que un día no nos dio para más. Ahora, igual que nos dijimos adiós, le decimos adiós a él, porque decir adiós es crecer. Crecimos porque de aquel estado comatoso en el que nos dejaron las cosas imposibles, de aquel apartamento donde se escuchaba la música ligera que se convirtió en una ciudad de la furia, de aquel momento donde te dije no vuelvas, sólo nos sobrevivió, al igual que la música de Gustavo, una melodía. Esta noche, en un momento de ironía, sincronía y hasta cierto punto armonía, nuestra melodía y yo nos detuvimos a escuchar a Gustavo, a disfrutar yo de ella y de la música, de lo hermoso que permanece cuando todo lo demás muere. Minutos antes de que la melodía cediera al sueño me preguntó, “mamá, ¿qué es una pasión?” yo, perpleja le contesté “una pasión es algo que uno ama mucho, que uno disfruta, que uno quiere con muchas ganas y que le da mucha felicidad” entonces preguntó sin malicia “¿y qué es una pasión dolorosa?” yo, más perpleja aún, respiré profundo y le dije: “ah caramba pues algo que uno quiere mucho y no puede tener”, “y porqué” preguntó, nuevamente, “Porque así es la vida Lucía, no siempre tenemos lo que queremos y cuando eso pasa para que no duela hay que saber despedirse, hay que saber dejar morir” como a Gustavo. Hasta que lo escuchemos nuevamente.

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