20 años

Que veinte años no es nada, dice Gardel. Eso no dicen las fotos de mi niño, que ya no es niño. Tampoco mis fotos de cuando me convertí en su mama siendo prácticamente una niña, ahora definitivamente no lo soy. Lo miro ahora y no puedo creer que yo tenía su edad cuando me convertí en su mamá. Creo que por eso me cuesta tanto creer, 20 años después, que mi hijo es casi ya un adulto y sobre todo que fui capaz de hacerme cargo, de cuidar de un ser humano y llevarlo a la adultez. Realmente a veces lo miro con suspicacia y me digo, ¡¿un momentito, como sucedió esto?!

Que veinte años no es nada, dice Gardel. Eso no dicen las fotos de mi niño, que ya no es niño. Tampoco mis fotos de cuando me convertí en su mama siendo prácticamente una niña, ahora definitivamente no lo soy. Lo miro ahora y no puedo creer que yo tenía su edad cuando me convertí en su mamá. Creo que por eso me cuesta tanto creer, 20 años después, que mi hijo es casi ya un adulto y sobre todo que fui capaz de hacerme cargo, de cuidar de un ser humano y llevarlo a la adultez. Realmente a veces lo miro con suspicacia y me digo, ¡¿un momentito, como sucedió esto?! Definitivamente no lo logré sola, “It takes a whole village to raise a child” (hace falta una tribu completa para criar a un niño) dice un proverbio africano, no hay nada más cierto. Mi niño, que ya no es niño me repito constantemente, nunca tuvo a su papá cerca, como tantos otros niños de madres solteras, pero nunca le han faltado personas amorosas en su vida y en la mía que nos dieran una, no, sino muchas manos. No han faltado abuelas, tías y tíos (de sangre y postizos) maestras, maestros, un padrastro y tantas otras personas que forman parte de quien es hoy.

Como madres, nos cuestionamos muchas veces a cada paso del camino si lo estamos haciendo bien, cuántos errores hemos cometido, si hemos hecho lo correcto, si nuestros hijos podrán sobrevivir en el mundo sin nosotras, cuanta atención es suficiente, cuánta es demasiada, cuánto espacio es necesario, bueno no hay duda de que es el trabajo que más ansiedad nos causa (sin contar el que menos sueño nos permite), para el que menos nos preparamos y el menos remunerado. Además, es un trabajo que contrario a lo que aprendemos muchas veces no es para todas las mujeres. Ser madre es una decisión muy personal y muy importante. Cuando decidí convertirme en madre a los 20 años les confieso que no tenía la menor idea de nada en la vida, pero si estaba segura de quería ser la mamá de Kike y eso hice, eso soy. Hoy día, soy otras cosas también y tal vez no quede mucho de aquella persona en mí, pero mirar a mi hijo ahora, 7,300 días después se siente como mirarlo el primer día. Lo único que ahora tiene pelo largo y barba y dos pantallas y otros accesorios que no estaban incluidos, pero en el fondo sigue siendo mi niño. Mi niño transformándose en un hombre maravilloso.

Perdonen que este café salió con tres cucharadas de melodrama, pero es que son 20 años, así que si eres una madre que está empezando créelo cuando te dicen que se pasan volando, que un día cierras los ojos, los abres de nuevo y ya están de camino a la universidad. También es cierto que es probable que estés haciendo un mejor trabajo del que piensas, así que no te maltrates tanto por no ser “la madre perfecta”, no hay tal cosa. También es cierto que no tienes que hacerlo todo tú, que no hay que ser supermama y superjefa y superesposa y superdetodo, que está bien escoger, siempre y cuando sea tu elección y ojalá tengas muchas manos amorosas que te ayuden en el camino. Si eres una mujer que decidió o no pudo tener hijos y eres una de esas tías, maestras, amigas, primas, madrinas, gracias, porque sin ti no habría tribu. Este cafecito lo mantengo corto, porque 20 años es mucho tiempo y las palabras sobran, contrario a lo que diría Gardel.

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